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Medellín, 12 de Enero de 2026
Antier estuvimos en el Jardín Botánico junto a Savith. Durante el rato que nos sentamos en su claro más grande (y bajo el sutil efecto de un hongo viejo) sentí tanto placer y fascinación por la espontaneidad de la diversidad humana, su belleza, lo inesperado de sus permutaciones y sus actos, que toda esta situación me llevó a las lagrimas.
Fue una sensibilidad exaltada por las maravillas humanas cotidianas, lo mundano en la dicha del ocio, de la familia, de la amistad, del amor, de sentirse parte de una comunidad, de un taxón, de un reino, de un sistema, de un planeta. La simple e inagotable diversidad humana en medio del frondoso esplendor de la naturaleza que nos abarca y que nos rebasa.
Vimos a tres amigas hacer picnic con pollo frito;
a dos chicas pintar acuarelas mientras compartían un pastel;
a una chica joven acompañar y hacerle conversación a su amiga mientras ella buscaba tomas y ángulos “estéticos” para fotografiar.
Vimos a un pelao’ con mucho estilo practicar sus pasos de breakdance/hip-hop;
a una familia de muchas mujeres y un solo niño tomarse una cantidad abrumadora de fotos cambiando muchas veces de pose y a quien fotografiaba;
y a una pareja en la que ambos utilizaban el mismo sombrero de “hechiceros hippie” como los que venden en el septimazo.
Vimos a una bella señora con sus dos hijas risueñas, las tres muy bien vestidas: ella de azul celeste y las pequeñas con vestidos amarillo pastel. Una le tomaba fotos a su madre mientras esta posaba de forma coqueta.
También vimos una familia en la que la madre le estaba cambiando el pañal a su bebé mientras el padre intentaba pararse de manos. Luego empezó a hacer lagartijas y en cada descenso le soltaba un pico en la frente al recién cambiado.
Al frente nuestro otra familia numerosa, uno de sus preadolescentes jugando con una camioneta a control remoto. En el platón colocó su celular para grabar sus recorridos “todo-terreno” en los que serpenteaba con gracia y cuidado por las pequeñas lomas y valles del claro, y de vez en cuando hacia wheelies.
Prontos a irnos llegó una pareja, dos hombres extranjeros, ambos cercanos a los 60 años. Uno empujaba un coche mientras el otro cargaba un bebé, su bebé: un hermoso moreno con rulos, ojos hipnóticos y una sonrisa estirada. El que cargaba al bebé se sentó en el pasto a consentirlo. El otro prefirió quedarse de pie, apoyado en el coche mientras observaba a sus otros dos hombres con devoción.
Esto y mucho más fue lo que vimos aquella memorable tarde, con lágrimas en los ojos.

