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Sonar al Margen no es únicamente el nombre de nuestra plataforma editorial. En esas tres palabras también reside un aprendizaje: que la escucha es un umbral. ¿Hacia dónde conduce ese umbral? Eso no lo sabemos, pero sentimos que este texto puede ayudar a navegar la pregunta y a explicar por qué es importante reflexionar sobre la escucha en estos días.

La escucha como alquimia1 es un breve ensayo de carácter especulativo que aborda la escucha como una práctica material, política y transformadora, más que como una habilidad comunicativa. Al enmarcar la escucha como proceso alquímico, esta se convierte en una fuerza capaz de alterar cuerpos, relaciones y atmósferas sin reducirlos a significados fijos o datos para almacenar.

Elegimos traducir y publicar este texto pues su estilo narrativo es poético-filosófico, por lo que prioriza la resonancia sobre el argumento y el cuestionamiento abierto sobre la conclusión. Su lenguaje es intencionalmente poroso y reflexivo, desarrollándose a través del ritmo, la pausa y la asociación. Habiendo germinado en medio de contextos artísticos centrados en la escucha, el cuidado y la práctica relacional, este ensayo funciona tanto como una propuesta conceptual como una invitación a una relación diferente con nuestro sentido del oído.

1. Todas las negritas e itálicas fueron agregadas por el traductor. Son una forma de agregar fuerza y lentitud a ciertas ideas que considera valiosas; son el equivalente a un efecto de reverberación pero en el lenguaje escrito. Le invitamos a leerlo imaginando el eco que deja cada una de esas frases en su cuerpo.

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La escucha es a menudo malinterpretada como una habilidad blanda, una señal de cortesía, una pausa antes de responder; algo decorativo más que decisivo, algo cortés más que político. En un mundo direccionado hacia la velocidad, la visibilidad y la extracción, la escucha se relega a los márgenes: se infravalora, se feminiza, se relega a un plano secundario frente a la acción, el discurso y la producción. Se tolera como etiqueta, pero se desconfía de ella como fuerza. En otras palabras, se equipara a menudo, y erróneamente, a la escucha con la pasividad, a estar a merced de los acontecimientos, a vacilar cuando se exige decisión. Y, sin embargo, es precisamente esta vacilación, esta negativa a apresurarse hacia un cierre, lo que perfila a la escucha como peligrosa para el statu quo.

¿Y si escuchar fuera algo completamente distinto? No tanto una función de la comunicación, sino más bien una operación material. Menos una técnica para gestionar el discurso y más una práctica que interviene en la organización de la realidad. ¿Y si escuchar fuera alquímico; no porque prometa trascendencia o pureza, no porque convierta la materia prima en oro, sino porque altera estados: de cuerpos bajo presión, de relaciones moldeadas por el poder, de atmósferas cargadas de historia, de materia tratada durante mucho tiempo como inerte y prescindible?

La alquimia, en su sentido más antiguo, no se trata de maestría, sino de sintonía. Es una práctica de esperar a través de las sustancias, de permanecer en medio de la volatilidad, de permitir que el tiempo, el calor, la presión y el cuidado actúen sobre la materia hasta que cambie de forma. La escucha parece pertenecer a este linaje: no impone la transformación, la acoge; no es extractiva, sino conductora. Permite que algo suceda.

Cuando escuchamos, algo cambia; no solo en quien habla o en el sonido, sino en el espacio intermedio. Escuchar espesa el aire. Introduce una sutil gravedad. Curva ligeramente el tiempo, ralentizando la prisa hacia la conclusión. Una sala donde se practica la escucha no se comporta igual que una sala llena de ruido o declaraciones. Retiene. Resuena. Se vuelve porosa.

Escuchar, entonces, no es inmaterial. Tiene peso. Presiona los cuerpos. Reorganiza la atención, la postura, la respiración. Altera la química del encuentro. Una historia-escuchada no sigue siendo la misma historia; un dolor-escuchado no sigue siendo solo dolor. Escuchar funciona como un disolvente, aflojando formas fijas, suavizando narrativas endurecidas, abriendo espacio para la recombinación. ¿Qué se disuelve cuando escuchamos? ¿Qué se expande cuando escuchamos? ¿Qué se precipita?

Escuchar es ponerse en relación con la incertidumbre, con el no-conocer, con lo incognoscible. Los alquimistas lo sabían bien: el proceso no podía apresurarse, los resultados no podían garantizarse. Escuchar también se resiste a la certeza. Requiere una suspensión del control, la disposición a no saber de antemano qué surgirá. Por eso escuchar se siente arriesgado. Expone al oyente a la alteración. No se puede escuchar profundamente y permanecer impasible.

En la vida contemporánea, nos entrenan de otra manera. Nos entrenan para captar, categorizar y responder con eficiencia. El sonido se convierte en datos. El habla en contenido. El mundo se convierte en algo para-ser-procesado en vez de un lugar para-ser-experimentado, comprometido únicamente con normas fijas. Escuchar, en este clima, se reduce fácilmente a una técnica: escucha activa, escucha estratégica, escucha optimizada. Pero la alquimia no funciona así. No optimiza; transforma. Cambia las condiciones bajo las cuales algo puede aparecer.

La escucha como alquimia sugiere que la atención misma es una fuerza material. Donde se concentra la atención, la materia se comporta de manera diferente. Considere cómo cambia una voz cuando siente que la escuchan de verdad. Considere cómo se relaja un cuerpo cuando ya no necesita defenderse de las interrupciones. Considere cómo el silencio cambia cuando se comparte en lugar de imponerse. Estas son metáforas y, al mismo tiempo, eventos físicos.

Hay, también, una política aquí. Escuchar redistribuye el poder, pero no de forma directa. No revierte fácilmente jerarquías ni garantiza la justicia. Escuchar puede fracasar. Existir en medio del fracaso. Puede rechazarse. Puede usarse indebidamente, e incluso convertirse en un arma. Y, sin embargo, escuchar sigue siendo una de las pocas prácticas que pueden contener la contradicción sin una resolución inmediata. Permite que el antagonismo coexista con el cuidado, la diferencia con la proximidad. Crea un tercer espacio; no de acuerdo ni armonía, ni de resonancia ni oposición, sino simplemente de relación.

La alquimia opera con umbrales: de sólido a líquido, de líquido a vapor, de presencia a ausencia. La escucha opera en umbrales similares. Se sitúa entre el habla y el silencio, entre el yo y el otro, entre lo humano y lo más que humano. Escuchar un paisaje no es romantizarlo, sino registrar sus presiones: el zumbido de la infraestructura, la tensión de la extracción, la resiliencia de ritmos-no-humanos. ¿Qué nos pide la tierra cuando dejamos de hablar? ¿Qué susurra el agua cuando dejamos de tratarla como muda?

Escuchar no solo transforma lo que se oye; transforma al oyente. Reconfigura la vida interior. Cuanto más se escucha, menos singular se percibe el yo. Uno se convierte en un compuesto, una mezcla de voces, vibraciones y ecos. La identidad se debilita. La certeza se diluye. Esto puede ser inquietante. Pero quizás este sea precisamente el momento alquímico; el nigredo, la primera etapa alquímica, un oscurecimiento necesario; una ruptura de formas y sustancias, una entrada en el no-saber, para que algo más tome forma, para permitir el desaprendizaje, la transformación.

¿Y si escuchar no se trata de comprender, sino de permanecer con lo que aún no se puede comprender? ¿Y si su valor no reside en la claridad, sino en la perseverancia? Escuchar es practicar la paciencia en una cultura de urgencia. Es resistir la exigencia de una búsqueda inmediata de sentido. Es confiar en que la relación en sí misma es generadora, incluso cuando los resultados siguen siendo inciertos.

En este sentido, escuchar es menos una habilidad que una forma de estar con los demás. ¡Es ecológico, no individual! Depende del contexto, de la exposición mutua, de la vulnerabilidad. Requiere condiciones: tiempo, seguridad, cuidado, disposición. Estas condiciones no se distribuyen equitativamente. ¿A quién se escucha? ¿Quién se espera que escuche? ¿Quién asume el costo de la atención? La escucha, como práctica alquímica, no puede ignorar estas preguntas. Debe permanecer éticamente indefinida.

Quizás escuchar sea una forma de trabajo que no produce ningún objeto, solo cambios en la relación. Quizás su producto no sea la acumulación, sino la alineación. O quizás escuchar no sea productivo en absoluto, al menos no en términos reconocibles para las economías de valor. Quizás escuchar sea un rechazo a la productividad, una silenciosa insistencia en la presencia sobre el resultado.

La alquimia nunca buscó respuestas definitivas. Si bien el oro era la meta, cada transformación conducía a otra pregunta, a otro experimento. Escuchar también permanece inacabado. No concluye; abre. No resuelve; resuena. Escuchar es entrar en un proceso sin dominio alcanzable, aceptar que uno cambiará de maneras que no se pueden predecir ni controlar por completo.

Así que la pregunta no es qué hace la escucha, si produce oro o no, sino cómo estamos dispuestos a dejarnos destruir por ella; imaginemos el oro como una relación. ¿Cuánta incertidumbre podemos soportar? ¿Cuánta oscuridad podemos atravesar? ¿Qué formas de vida se hacen posibles cuando escuchamos no para confirmar, sino para ser transformados?

Quizás escuchar no sea algo que hagamos. Quizás sea algo que nos sucede, a nosotros, a través de nosotros, entre nosotros. Quizás escuchar ya está en acción, transformando silenciosamente el mundo, esperando a que nos demos cuenta.

Plantear estas preguntas no es buscar respuestas que estabilicen. Es entrar en un proceso, hablar consigo mismo mientras se viaja. Escuchar, como la alquimia, no promete resolución. Promete cambio; lento, desigual, a menudo imperceptible en un inicio. Nos invita a permanecer en la incertidumbre, a trabajar con lo no-resuelto, a percibir cómo la materia, el significado y la relación pueden cambiar cuando la atención se trata no como un recurso a explotar, sino como un medio de transformación.

Pensar en la escucha como alquimia es pensar en una práctica atenta y en constante desarrollo, una fuerza paciente y vibrante que nos pide permanecer con la incertidumbre, la vulnerabilidad y el cambio.

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Dr. Alesha Sivartha, “Book Of Life” (1898). Chart of Vibrations

Este texto es una traducción realizada por Julián David Moreno Ardila (A.K.A Oba Ilú) del manuscrito original ‘Listening as Alchemy’ publicado en el blog digital Bureau For Listening.

El collage de portada fue hecho por Isaac G. L. usando imágenes de dominio público pertenecientes al Book of Life (1898) del Dr. Alesha Sivartha, Splendor Solis (1582), y el Donum Dei, todas disponibles en el Public Domain Review.

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